Cine de realidad en el cerebro social
Por miguel Urrutia
Iniciando noviembre del 24 fui invitado a la primera versión del festival de cine universitario de Pamplona. El último día, luego de casi 24 horas de conferencias intensas profundas y emotivas, Felipe Aljure desde su charla “El cine en el cerebro social” me hizo caer en cuenta algo que no estamos viendo, y que es vital frente a la soberanía cultural y a la importancia del volumen de producto cultural que deberíamos estar produciendo para garantizar nuestra participación en ese cerebro social. Esto es mucho más delicado cuando evaluamos que este volumen de contenidos también determina nuestra presencia en la inteligencia artificial.
Sé que todo lo que tenga que ver con la IA suena a algo que simplemente “NUNCA VA A PASAR” o en todo caso no será tan trascendente como dicen, pero pasó y será mucho más…
Creo que entrar en negación es uno de los peores errores que podemos cometer como cineastas. Creo firmemente que somos La última generación de humanos que va a inventar algo, o simplemente crear algo.
No somos capaces de entender, que lo que HOY VEMOS de inteligencia artificial es lo peor que jamás va a ver en la historia de este monstruo inconmensurable; que crece de forma exponencial y logarítmica.
Estamos creando algo que en el mejor escenario va a ser miles de veces más inteligente que nosotros y que en muy pocos años nos va a poner en la misma comparación de inteligencia que tenemos nosotros parados frente a una hormiga.
Sé que no queremos pensar en eso, incluso entiendo que sea algo que escapa de las predicciones más extremas que algún autor de ciencia ficción haya pensado alguna vez, y sin duda es el desafío más fuerte que enfrentamos como especie en todos los tiempos. Como cineastas y tenemos un desafío dos veces más grande; somos actores especiales en ese ajuste fino de súper alineación que debemos tener frente a ese Dios Artificial que estamos creando
El cerebro social
La tesis brillante que plantea Aljure es muy simple: Ese cerebro social que representa el conjunto de conocimientos de toda la humanidad se ve alimentado por la maquinaria de representación, y sin duda su herramienta más poderosa es el cine.
Esta es la idea… si vemos al planeta como un organismo entenderíamos que entre Estados Unidos y Europa se encuentran los componentes vitales del pensamiento humano, y si evaluamos cuál es el aporte colombiano a ese organismo, además de cocaína, café, alimentos, algo de petróleo y algunas cosas superficiales seríamos para el planeta algo así como.. ¿el estómago?
Felipe afirma que la única opción que tenemos como cultura es aumentar nuestra producción cultural y afinar la maquinaria de representación para formar parte de ese gran cerebro mundial, y así dejar de ser un fragmento de materia fecal y convertirnos en una pequeña neurona.
Tengo que admitir que hasta el momento yo no lo había visto así de claro: Si Estados Unidos produce 1500 películas al año y nosotros entre 50 y 70 nunca vamos a poder cambiar esa brecha
Podríamos también considerar que más que la calidad es más importante que la calidad, pero lastimosamente a nivel de cultura la triste verdad es que, en este caso, “el tamaño sí importa”.
Aquí vendría una pregunta fundamental; ¿Qué porcentaje de información tenemos radicados como colombianos en los cientos de miles de millones de parámetros en los grandes modelos de lenguaje que alimentan la inteligencia artificial? ¿Cuál es la huella que como cultura colombiana estamos aportando para programar este nuevo cerebro global artificial?
Claramente la súper inteligencia nacerá de estas bases.
Hay otra frase que dijo al Felipe que me dejó pensando mucho. “Nunca hay que temer a la competencia, hay que temer a la incompetencia” y creo que frente a la inteligencia artificial hay que tomar posición YA.
Las trascripciones de Víctor
Mediante Felipe hacía su exposición no podía más que dejar de pensar en esos hermosos textos transcritos de las cintas rayadas en VHS, transcritas a mano en una máquina de escribir con los caracteres corridos y difusamente fotocopiadas, que Víctor Gaviria carga con amor y entusiasmo en un pequeño disco duro debajo de su brazo
La charla de Víctor fue “El cine de realidad” una poderosa ventana al interior de su mente que honestamente, y tengo que decirlo, cambió muchos preceptos que yo tenía frente a su obra.
Para mí, el hecho de entender que Víctor además de cineasta también es poeta hizo encajar muchas piezas en el tablero, porque me permitió entender cómo es que sus películas, al final del día, son una representación poética de una realidad cruda que simplemente no queremos ver.
Para mí la visión de Víctor es fundamental para entender el verdadero significado de la palabra “gonorrea” dentro del parlache paisa de los años 80s.
De hecho, el tener el privilegio de presenciar esos videos en formato de 3:4 de los castings originales para Rodrigo D. fue mucho más poderosa gracias a la pausada calidad y emocional explicación que Víctor de forma amplia y generosa nos dio a todos los foráneos a ese universo tan rico y poderoso.
Me conmovió profundamente El diario cifrado de Ramón, un extraño texto críptico que uno de esos protagonistas en Rodrigo D. le entregara a Víctor, y que representa un documento realmente invaluable; una fotografía imposible de sacar desde cualquier otro ángulo a un momento particular en la historia de un lugar imposible en ese universo oscuro crudo y bizarro.
Esa misma tarde mediante Felipe nos contaba de forma muy generosa todos esos procesos de formación de la ley de cine, yo no hacía más que pensar en esos textos de Víctor.
¿Cómo es posible que la inteligencia artificial NO tenga acceso a esos datos?
¿Cómo es posible que el gobierno colombiano no esté en estos momentos recopilando toda esa información para que gane ese lugar que se merece dentro del nuevo cerebro social ARTIFICIAL que va a dominar a la humanidad?
¿Acaso esa inteligencia artificial conocerá las obras de cientos de autores que reposan en un cassette de vhs o en un DVD almacenando polvo en alguna biblioteca olvidada?
¿Acaso algún día esa lucha por los derechos de autor nos permitirá existir?… Y lo digo porque mientras los gringos chinos y demases ya están ingestando toda su cultura en estos monstruos voraces nosotros muy desde libreto de de los defensores y paladines frente a los derechos de autor simplemente nos vamos a quedar por fuera.
No somos libres de derechos
Al final del día este asunto de de los derechos de autor al único que realmente beneficia es al “único que tiene capacidad de pelear por ellos”, me refiero a “la industria del cine” que nunca han creado nada y no son más que simples mafias de contenido.
Si, gracias a este conflicto de intereses legales y comerciales es imposible que esa inteligencia artificial conozca la muy modesta y olvidada filmografía colombiana.
Creo que no somos conscientes que la inteligencia artificial es un niño de 2 años que apenas está aprendiendo a dar sus primeros pasos, que alucina en la misma forma que nosotros soñamos y que apenas empieza a mostrar pequeños rasgos de raciocinio… y sin embargo ya es superior cognitivamente al 90% de toda la humanidad en conjunto.
Tal vez queda la esperanza que de alguna forma milagrosa, en algún momento el gobierno colombiano, ingeste esta información vital en alguno de los modelo de lenguaje que pueda formar parte de “Dios digital” que estamos creando, Y “no lo quiera así nuestro Dios”, pero tal vez mañana el mismo Víctor podría ya no estar aquí, y quién sabe si exista alguien que pueda tomarse la tortuosa y compleja labor de alimentar a la bestia con esa información que es tan vital para que nuestra huella cultural exista en la gran Matrix, y tal cual cómo en palabras de un replicante, “Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”.
¿Y cuál es el camino?
Me remito nuevamente a la frase de Felipe; no hay que temer a la competencia sino a la incompetencia.
Hay que aceptarlo, como cineastas somos altamente incompetentes… y por qué lo digo? Sólo hay que ver esa raquítica presencia que tenemos en nuestra propia sociedad.
Este festival me dui esperanza. Es una muestra impresionante de todo nuestro potencial y tal vez sí hubiesen más festivales como este, con más público y una mejor difusión empezaríamos a fortalecernos.
Participar en este primer festival universitario en Pamplona me permitió apreciar el increíble despliegue de técnica de Santiago Vargas, el cine de realidad de Víctor, y obviamente la visión de Felipe, que no solamente cambió la historia del cine colombiano con La gente de la universal, cambió el futuro de todos nosotros como cineastas gracias a la ley de cine y los aportes sustanciales que ha hecho al sector durante toda su vida.
Y ahí estaba yo también, aportando lo que puedo desde el corazón.
Para mí, el gran problema en todo esto, es que “esa locomotora ya está en marcha y tomando velocidad con las ganas que lleva el diablo”… Y claramente todos nos estamos quedando atrás.
Concuerdo mucho con esa visión de Felipe; se necesita unión e integración entre todos como sector para alimentar ese cerebro social. El cine tiene la obligación de poner el pie y pararse frente al ciber feudalismo que domina nuestra sociedad contemporánea.
Me gusta mucho como el término ciber feudalismo suena en la boca de Felipe. Todos somos cronistas de nuestro tiempo pero los cineastas tenemos una responsabilidad superior, somos la maquinaria de representación más importante que ha inventado la humanidad hasta antes de la inteligencia artificial y deberíamos ser la herramienta más poderosa para oponernos a los sistemas de opresión que actualmente controlan al ser humano, porque al final del día, lo único que puede competir en contra del scroll infinito de contenidos chatarra y dopaminicos que ruedan sin fin y consecuencia en las redes sociales, es “ese hermoso ritual que se niega a desaparecer”, en el cual, un autor es capaz de secuestrar a un espectador durante dos horas de su vida, y sumergirlo en una cámara oscura para moverle las tripas, golpearle la cabeza o llevarlo a viajes maravillosos por mundos fantásticos.
Tal vez no nos quede más, frente a la IA, para seguir siendo humanos que “defender esos pocos lugares” que aún nos quedan donde reunirnos para sentir y soñar algo.
Convirtamos a cada pantalla en una neurona.
